sábado, 18 de abril de 2015

"Cómo te pareces a tu madre."

Tiene la mirada más dulce que jamás os hayáis cruzado y unas manos que curan con sólo posarse.

Lleva una vida canjeando sonrisas por preocupaciones y aún no se ha cansado.

Ella es la madrina de todas las naciones. Va por ahí restándole acidez al mundo, y acogiendo bajo su abrazo a todo el que se encuentra. Los que la descubren ya no quieren separarse de ella. Cómo iban a querer, si abriga con sólo mirarte.

Me ha enseñado a deshacer los nudos y a pulverizar las piedras cuando pesan demasiado. Me ha enseñado, pero sigue sentándose conmigo a hacerlo cuando yo no me atrevo. Me ha educado en el querer sin miedo, el dar sin medida y el mirar sin desconfianza, y así nos va.

“Cómo te pareces a tu madre” me dicen y yo sólo pienso que es el mejor piropo que haya podido nunca llegar a imaginar, pero que ojalá me pareciera más. Ella también me lo dice. Le cuento mis cosas y siente que le estoy leyendo su vida. “Hija, veo cómo sigues mis pasos y no sé si me gusta”. Me paro y pienso en las familias. Pienso que entiendo cómo se hereda una mirada, un hoyuelo, un gesto, pero que no entiendo cómo se pueden llegar a heredar las historias. Lo de la plaza Saint Pierre me parece insultantemente irónico, así que no hablamos de ello.

De ella he heredado los tropiezos y las heridas, pero la sal merece la pena sólo por haber heredado también el gesto que pone cuando sonríe.

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