domingo, 4 de octubre de 2015

Un billete sólo de ida.

Tengo la paciencia dislocada, 
las fuerzas derritiéndose, 
los nervios perdidos en alguna ciudad de Islandia.

Tengo el estómago hinchado de necesidad,
una danza fúnebre latiendo en la vena de mi frente,
todo el folclore de Méjico enredado en las pestañas.

Tengo un pez boqueando entre las costillas,
en una lucha por mantenerme despierta,
en un arrebato eléctrico que es todo intención.

Tengo un lunar que no identifico,
un salto a la inconsciencia,
un minuto naranja y azul.

Tengo el tronco liso de un magnolio,
el tercer ojo de Frida en la nuca,
el sudor de una interrogación aguda.

Tengo una herida en la boca de morderme tu recuerdo
una serpiente de asfalto gritándome vamos al oído,
una fiebre de revolución.

Tengo un billete sin fecha pero sólo de ida,
una colección de cajas de papel,
una pared vacía de fotos ya.

Tengo que pedirte que me esperes despierta, Madrid, que vuelvo a casa,
que vuelvo dispuesta a compartir ojeras y lienzo,
que vuelvo para quedarme y despeinarte.

sábado, 29 de agosto de 2015

Mirarte a los ojos y que no me duela.

Hay cosas en las que puedes fallar,
y gente a la que no.

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HOSPITAL DE LA PAZ. - 17 de agosto de 2015.


Se me cae una baba roja y no sé a dónde apuntan las flechas.

¿Por qué tengo tanto frío si hace tanto calor?

¿De qué mosca es esta larva?

Me rasco cicatrices que no tengo en un impulso nervioso,
en unas ganas urgentes de darte luz.

"También esto pasará" dijeron,
y me lo grabé en la espalda con tinta aguamarina para que hiciera juego con la sal de la herida.

También esto pasará,
pero mientras pasa quiero quedarme en Madrid y acompañarte a las curas,
mirarte a los ojos y que no me duela,
leerte y que no te sangre.

Mañana me voy,
pero pintaré mi ausencia del color de los domingos por la mañana para que no la notes,
y regaré los kilómetros de distancia de plumas blancas para alimentar tu descanso.

martes, 14 de julio de 2015

Pasos.

Tres vasos atrás por cada vez que me permito el reencuentro. 
Trescientosveintisiete besos comunicantes que no me hacen falta para decirte lo que (te) pienso. 
El verso en la boca que nunca te he pedido, pero que siempre me gusta.
Los verbos que escribes que me vuelven loca.
Un único cuervo para expresarlo todo.
Cincuentaynueve infiernos sobrevolando la ciudad, dispuestos a comerse la manera en la que nos miramos.
El invierno de no tocarte, quemándome por dentro.
Este recuerdo en la ciudad del frío no ayuda.
Tu cuerpo, todo el día bailando en mi cabeza, como único testigo de este viaje.
Tu suelo desnudo, venciendo como un imán todas las resistencias que soy capaz de edificar.
El cielo donde mi otra yo quiere invitarte a dormir.

Pero no.

Porque entonces:
                           tres pasos atrás.





lunes, 22 de junio de 2015

Mirlo, Tántalo, Bisbita y Gorrión.

Mirlo, Tántalo, Bisbita y Gorrión. Son mis flores aunque tengan nombre de pájaro.

Mirlo es lucha, es refugio, es sabiduría. Es la voz de todas las mujeres. Recoge los testimonios olvidados con sus manitas en forma de cuenco y los acaricia. Les da un hogar. Luego les da forma y se los muestra al mundo. Ella me enseñó a andar descalza. Me enseñó la necesidad de alzar la voz y la importancia de amar tu propia piel.

Tántalo es fuerza, es valentía, es viaje. Conoce todas las tierras y sabe reír en todas las lenguas. Teclea besos en los hombros y graba con tinta azul las historias perdidas de aquellos que no saben encontrar las palabras. De ella aprendí de aeropuertos y de fronteras. De ella aprendí que ser nómada no es sinónimo de huir.

Bisbita es no rendirse nunca. Es la delicadeza de la seda y la paciencia de una nube de algodón. Teje amor en nuestras clavículas, seguridad en nuestros párpados, abrigo en nuestras costillas. Hila ilusiones y tricota sueños. Pespunta los ánimos para que no se pierdan. Ella me educó en anhelos y me alumbró el derecho a batallar por lo que quieres hasta hacerlo realidad.

Gorrión es alegría expansiva, es vida contagiosa, es baile. Pinta de colores las paredes de todas las casas en las que habita y las vidas de todas las personas con las que se cruza. Borra grises, tristezas y tormentas a golpe de sonrisa. Con ella descubrí cómo se dibujan los soles y cómo hay que trazar los rayos para que lleguen hasta los días torcidos.

Mirlo, Tántalo, Bisbita y Gorrión. Las conocí en un bosque de coordenadas fortuitas y desde entonces quiero quedarme a vivir con ellas.

Las luciérnagas del lago.

Quiere comerse todas las luciérnagas del lago a ver si así consigue ver algo la próxima vez que se asome dentro.

Quiere cortarse las pestañas para que le entre todo el polvo en los ojos y escueza.

Quiere enrollarse su propia trenza alrededor de la garganta para ahogar el “no te vayas” que tiene atravesado desde aquella mañana de mayo.

Se le resbala la ilusión. La va arrastrando. Quiere sujetársela con alfileres. Piensa que aún es pronto para perderla del todo.

Compra un billete con destino a casa. Un billete que no utilizará, y sin embargo lo compra para pegarlo en la pared y así recordarse cada día que él no quiere que vuelva. Lo pega en la pared para hacerse daño. Cada día.

Duerme con un punzón bajo la almohada. Se dibuja una cruz por cada error, hasta que hace herida. Y se arranca las costras, hasta que dejan marca. No quiere olvidar ni una sola de las culpas; ni uno solo de los desaciertos. Advierte que tiene los brazos llenos de ellos. “Bonita colección” piensa. “Voy a tener que empezar con las piernas” determina.

lunes, 8 de junio de 2015

Que no me rompa no significa que me duela menos.

Que no duele menos el golpe porque no me rompa,
ni sangra menos la herida porque me la calle.

Que no son menos ácidas estas lágrimas porque no las veas,
ni menos urgente este grito porque sea ahogado.

Que los desgarros a escondidas dejan mayor impronta
que las llagas que se dejan secar al sol.

Que no quiero caer en el lamento fácil,
pero el nudo en la garganta de aguantarme las ganas de llorar aprieta y ya ahoga.

Que por cada cicatriz, un lunar;
y por cada lunar, una flor.

domingo, 17 de mayo de 2015

Cáscaras de melón.

En mi calle hay una tienda de cáscaras de melón
que me dicta tu nombre cada vez que me ve.

Hago repaso y no consigo recordar cuando fue la última vez que fumamos polvo de estrellas,
pero sé que me gustaría volver a hacerlo.

Las baldosas laten cada vez que te pienso 
y me bordan seísmos en los pies por si se me ocurre olvidar lo animal de tus ojos. 

Aún recuerdo cómo me vibrabas… 

Cada mañana mis pretextos corren a esconderse en las grietas de las paredes no vaya a ser que el sol los queme y me quede sin ellos. 

No hay ni una sola puerta abierta en la ciudad. 
No tengo ni una sola habitación a la que invitarte a vivir. 
Ni un solo jardín con humedades. 
Ni una sola mesa de juego en la que apostar por nosotros. 

Y ya me he cansado. 

Así que en media hora me voy de viaje. 
Me voy a buscar otras puertas, otras habitaciones, otros jardines, otras mesas.
Tengo entre quince y veinte mapas pensados, 
los demás los iré inventando por el camino. 

He dejado la corteza de un sauce encima del tocadiscos  
que hay en el callejón en el que nos vimos la última vez. 
En ella escritas las coordenadas del bosque  
en el que habita la primera puerta. 
Pobre futuro el de mis vidas si no la encuentras.