lunes, 22 de junio de 2015

Mirlo, Tántalo, Bisbita y Gorrión.

Mirlo, Tántalo, Bisbita y Gorrión. Son mis flores aunque tengan nombre de pájaro.

Mirlo es lucha, es refugio, es sabiduría. Es la voz de todas las mujeres. Recoge los testimonios olvidados con sus manitas en forma de cuenco y los acaricia. Les da un hogar. Luego les da forma y se los muestra al mundo. Ella me enseñó a andar descalza. Me enseñó la necesidad de alzar la voz y la importancia de amar tu propia piel.

Tántalo es fuerza, es valentía, es viaje. Conoce todas las tierras y sabe reír en todas las lenguas. Teclea besos en los hombros y graba con tinta azul las historias perdidas de aquellos que no saben encontrar las palabras. De ella aprendí de aeropuertos y de fronteras. De ella aprendí que ser nómada no es sinónimo de huir.

Bisbita es no rendirse nunca. Es la delicadeza de la seda y la paciencia de una nube de algodón. Teje amor en nuestras clavículas, seguridad en nuestros párpados, abrigo en nuestras costillas. Hila ilusiones y tricota sueños. Pespunta los ánimos para que no se pierdan. Ella me educó en anhelos y me alumbró el derecho a batallar por lo que quieres hasta hacerlo realidad.

Gorrión es alegría expansiva, es vida contagiosa, es baile. Pinta de colores las paredes de todas las casas en las que habita y las vidas de todas las personas con las que se cruza. Borra grises, tristezas y tormentas a golpe de sonrisa. Con ella descubrí cómo se dibujan los soles y cómo hay que trazar los rayos para que lleguen hasta los días torcidos.

Mirlo, Tántalo, Bisbita y Gorrión. Las conocí en un bosque de coordenadas fortuitas y desde entonces quiero quedarme a vivir con ellas.

Las luciérnagas del lago.

Quiere comerse todas las luciérnagas del lago a ver si así consigue ver algo la próxima vez que se asome dentro.

Quiere cortarse las pestañas para que le entre todo el polvo en los ojos y escueza.

Quiere enrollarse su propia trenza alrededor de la garganta para ahogar el “no te vayas” que tiene atravesado desde aquella mañana de mayo.

Se le resbala la ilusión. La va arrastrando. Quiere sujetársela con alfileres. Piensa que aún es pronto para perderla del todo.

Compra un billete con destino a casa. Un billete que no utilizará, y sin embargo lo compra para pegarlo en la pared y así recordarse cada día que él no quiere que vuelva. Lo pega en la pared para hacerse daño. Cada día.

Duerme con un punzón bajo la almohada. Se dibuja una cruz por cada error, hasta que hace herida. Y se arranca las costras, hasta que dejan marca. No quiere olvidar ni una sola de las culpas; ni uno solo de los desaciertos. Advierte que tiene los brazos llenos de ellos. “Bonita colección” piensa. “Voy a tener que empezar con las piernas” determina.

lunes, 8 de junio de 2015

Que no me rompa no significa que me duela menos.

Que no duele menos el golpe porque no me rompa,
ni sangra menos la herida porque me la calle.

Que no son menos ácidas estas lágrimas porque no las veas,
ni menos urgente este grito porque sea ahogado.

Que los desgarros a escondidas dejan mayor impronta
que las llagas que se dejan secar al sol.

Que no quiero caer en el lamento fácil,
pero el nudo en la garganta de aguantarme las ganas de llorar aprieta y ya ahoga.

Que por cada cicatriz, un lunar;
y por cada lunar, una flor.