En mi calle hay una tienda de cáscaras de melón
que me dicta tu nombre cada vez que me ve.
Hago repaso y no consigo recordar cuando fue la última vez que fumamos polvo de estrellas,
pero sé que me gustaría volver a hacerlo.
Las baldosas laten cada vez que te pienso
y me bordan seísmos en los pies por si se me ocurre olvidar lo animal de tus ojos.
Aún recuerdo cómo me vibrabas…
Cada mañana mis pretextos corren a esconderse en las grietas de las paredes no vaya a ser que el sol los queme y me quede sin ellos.
No hay ni una sola puerta abierta en la ciudad.
No tengo ni una sola habitación a la que invitarte a vivir.
Ni un solo jardín con humedades.
Ni una sola mesa de juego en la que apostar por nosotros.
Y ya me he cansado.
Así que en media hora me voy de viaje.
Me voy a buscar otras puertas, otras habitaciones, otros jardines, otras mesas.
Tengo entre quince y veinte mapas pensados,
los demás los iré inventando por el camino.
He dejado la corteza de un sauce encima del tocadiscos
que hay en el callejón en el que nos vimos la última vez.
En ella escritas las coordenadas del bosque
en el que habita la primera puerta.
Pobre futuro el de mis vidas si no la encuentras.