lunes, 22 de junio de 2015

Las luciérnagas del lago.

Quiere comerse todas las luciérnagas del lago a ver si así consigue ver algo la próxima vez que se asome dentro.

Quiere cortarse las pestañas para que le entre todo el polvo en los ojos y escueza.

Quiere enrollarse su propia trenza alrededor de la garganta para ahogar el “no te vayas” que tiene atravesado desde aquella mañana de mayo.

Se le resbala la ilusión. La va arrastrando. Quiere sujetársela con alfileres. Piensa que aún es pronto para perderla del todo.

Compra un billete con destino a casa. Un billete que no utilizará, y sin embargo lo compra para pegarlo en la pared y así recordarse cada día que él no quiere que vuelva. Lo pega en la pared para hacerse daño. Cada día.

Duerme con un punzón bajo la almohada. Se dibuja una cruz por cada error, hasta que hace herida. Y se arranca las costras, hasta que dejan marca. No quiere olvidar ni una sola de las culpas; ni uno solo de los desaciertos. Advierte que tiene los brazos llenos de ellos. “Bonita colección” piensa. “Voy a tener que empezar con las piernas” determina.

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